Vamos a coexistir, no a separarnos

Hace un tiempo hablé con una persona que estudia ciencias. Me acuerdo de que tuvimos un debate donde la persona me decía a mí que no se puede ver esto desde la filosofía y que no es importante. Yo le respondo que para ver bien lo que tú trabajas en la ciencia se necesita filosofía. En otra ocasión hablé con un filósofo, y una de las cosas que estuvimos argumentando fue la importancia de la ciencia en todos los ámbitos de la vida, y que no se puede ignorar nada, ni tampoco jugar para el equipo de los conformistas, sesgados y manipuladores.

Por más títulos que la gente diga o cante que los tiene o por más que digan que “soy inteligente” o “es aburrida la filosofía y no es necesaria”, puede haber problemas con el manejo de datos, razonamiento y cuestionamiento. Cuidado, si también caen en trampas como las falacias, sesgos cognitivos, pérdida de sentido, fanatismo, contradicciones e impulsividades.

Vivimos rodeados de datos; existen estadísticas sobre inflación, pobreza, educación, felicidad, empleo, inteligencia artificial, redes sociales, entre otras. Pero todavía seguimos con la pregunta: ¿Por qué los problemas continúan? ¿Será que los datos por sí solos no bastan?

Quiero dejar claro que yo no soy filósofo ni tampoco soy un científico o analista de datos. Tengo amigos que sí lo son y también leo lecturas relacionadas a eso para poder entenderme, entender al prójimo y la comunidad que nos rodea.

La ilusión de los datos

Estamos rodeados de información. Hay mucha información, pero hay algunas personas que piensan que con eso basta y que se puede resolver todo. Pero no siempre es así. Por más información que exista como:

a) La información nutricional no garantiza comer sano.

b) Conocer los riesgos financieros no garantiza que siempre vayas a ganar más dinero.

c) Saber que fumar hace daño no garantiza dejar de fumar.

d) Saber que comer más dulce hace daño no garantiza dejar los dulces.

e) Saber que mucho alcohol puede causar problemas del hígado no garantiza dejar de beber alcohol.

Como seres humanos, no somos computadoras que procesan los datos de manera racional; también estamos llenos de sesgos cognitivos. Podemos hablar del sesgo del presente, que ocurre cuando se valora más una recompensa inmediata como el sabor a un helado de Kings Cream o como le llaman “Los Helados Chinos” o de Baskin Robbins o Menchies, Cold Stone y entre otras. Gastar el dinero hoy por placer o la satisfacción de un cigarrillo no deja ver qué beneficios podrías tener a largo plazo como la estabilidad financiera o la buena salud. La información nos puede dar los datos, pero hay que buscar cómo se pueden diseñar los entornos para que sea simple tomar una decisión por nuestro bien.

La filosofía responde preguntas distintas

Estamos ante la era de la sobreinformación. Se creen las cosas por creer y, de manera errónea, se acumulan más métricas, estadísticas y reportes que indican que resolverán nuestros problemas automáticamente. Aunque la filosofía y los datos operan de forma diferente, se complementan: los datos son como un mapa que nos puede guiar hacia la realidad de cada asunto que hay en esta vida, mientras que la filosofía nos ayuda a caminar hacia donde queremos.

Los datos son descriptivos, fríos y buscan describir la realidad con precisión. Responden preguntas del presente y del pasado como:

a) ¿Qué ocurrió?

Aquí pueden entrar ejemplos de “el índice de criminalidad subió 5%”, “el índice de libertad económica de Puerto Rico es 2.13/10, comparado con Singapur sería 8.44/10”, “el índice de derechos de propiedad de Luxemburgo es 8.24/10, mientras que el de Yemen es 1.69/10”, “el índice GINI nos puede demostrar que Slovakia tiene menos desigualdad de ingresos que Zambia”, y los ejemplos continúan.

b) ¿Cuánto?

Ejemplo: “Se necesita $157 por crédito de residente para poder finalizar tus estudios en la Universidad de Puerto Rico”, “Se necesita un pronto pago o una paga inicial para la casa entre el 3% y el 20%”, “Se necesita más de $15,000 para financiar un acuario grande”, entre otras.

c) ¿Dónde?

Ejemplo: “Las zonas inundadas están localizadas en el sector Ceiba”, “Las zonas con menores ingresos son las afectadas”, “Las áreas con mayor concentración de latifundio para principios del siglo XX fueron Guánica, Salinas, Santa Isabel y Ponce”, entre otras.

La función de los datos es demostrar la fotografía exacta, pero es incapaz de tomar decisiones por sí misma. Al conocer el “qué”, el “cuánto” y el “dónde”, todavía falta camino por recorrer.

Entonces la filosofía llega, los datos se quedan en los hechos, mientras la filosofía se adentra a lo que son los valores, ética y propósito planteando las preguntas como:

a) ¿Qué debemos hacer?

Aquí se mide la acción correcta y moral que se tiene que tomar cuando la información está presentada.

b) ¿Qué es lo justo?

Aquí nos preguntamos si la solución técnica que se propone beneficia a todos o si lo que se propone es para privilegiar a unos pocos.

c) ¿Qué significa el progreso?

Aquí lo que se pregunta es si el progreso que se presenta es un progreso que solo trata de crecimiento económico sin desarrollo económico, o más bien es algo que puede traer bienestar humano.

d) ¿Qué sociedad queremos construir?

Aquí se trae la pregunta de las políticas públicas que son presentadas en el poder legislativo y ejecutivo, donde habría que extender la pregunta de si lo que se presenta tiene una meta final o realmente es puro relajo.

En la reflexión que estamos haciendo en este escrito vemos que tener el dato no garantiza que la población vaya a actuar de manera racional. La mente, al procesar datos, falla debido a nuestros sesgos cognitivos. Esto no significa que no haya solución; mi mamá siempre dice: “Todo tiene solución en la vida, menos la muerte; ya con la muerte ya es otra cosa”. Para solucionar esto hay que usar los datos y la filosofía. Podemos ver esto en las ramas de economía conductual cuando se habla de “nudges” o pequeños empujones para mejorar las elecciones que uno hace diseñando un entorno. Ahora bien, los datos pueden decirnos cómo el cerebro reacciona ante eso, y entonces la filosofía pregunta cómo se puede responder si es ética o no dicha intervención en la mejora de decisiones y qué ideal de bienestar social se está buscando proteger.

Cuando falta filosofía, el mundo se llena de ignorancia y dogmatismos

El progreso técnico es importante, pero si no hay pensamiento crítico puede terminar haciendo daño. La ciencia y la innovación se complementan; nos han dado vacunas que han salvado millones de vidas, internet que nos conecta con todos, inteligencia artificial que puede ser un asistente, y también los descubrimientos de galaxias como el Hubble y Webb.

El uso de la tecnología necesita reflexión, porque si no podemos terminar creando daños como: armas de destrucción masiva, sistemas de vigilancia autoritaria, algoritmos diseñados exclusivamente para proponer adicción digital en los jóvenes, esterilizaciones masivas en Puerto Rico (1940-1960), caso Cornelius Rhoads, ensayos de píldoras anticonceptivas en Puerto Rico (1950), el experimento de Tuskegee, experimento de la cárcel de Stanford y entre otras.

Aquí entra la cuestión de que la tecnología responde al “cómo”, pero entonces la filosofía responde con el “para qué”. El “cómo” al domarlo nos hace poderosos; pero al usar el “para qué” nos hace más humanos. Si no hay filosofía, la innovación cae en dogmas donde la razón no entra y entonces se trabaja en el medio sin poder cuestionar si el fin es justo o es destructivo.

Cuando faltan datos, aparecen los sesgos

Si no hay filosofía, no hay una brújula moral. Ahora si no hay datos, habría una realidad alterada y desconectada. Cuando se tiene que tomar decisiones de manera personal, pública, y social hay tomar en consideración la evidencia empírica porque si se ignora entonces se deja un vacío que llegan vicios como:

a) Ideologías rígidas: una realidad moldeada a la fuerza, donde nunca aceptan que sus teorías no funcionan en la práctica. Ejemplos: el caso del Lysenkismo, Consenso de Washington con el neoliberalismo, fascismo, supremacismo racial, decrecimiento radical o ecologismo antihumanista, entre otros.

b) Populismo: Aquí entra cuando se quiere promover soluciones con varitas mágicas, hipersimplificadas, “blanco o negro”, “ellos son los malos; nosotros, los buenos”, y emocionalmente atractivas para problemas que son tan complejos que requieren un análisis riguroso. Ejemplos: “Recuperemos nuestro país”, “La élite globalista nos ha traicionado”, “El pueblo primero.”, “La inmigración destruye nuestra nación”, “El pueblo contra la oligarquía”, “La patria no se vende”, “Los ricos se han apropiado del Estado”, “El imperialismo nos oprime”, “Yo soy el pueblo”, “Los inmigrantes llegan a nuestro país y se comen nuestros perros y gatos”, y la lista continúa.

c) Fanatismo: aquí se habla de que todo es absoluto y que si intenta tener un debate donde se quieren demostrar los hechos comprobables, se cancela. Podemos ver ejemplos de estos fanatismos como: MAGA (Make America Great Again), neofascismo en Europa y Australia, Partido Comunista por el Sendero Luminoso, Dinastía Kim en Corea del Norte, El Ruhnamismo en Turkmenistán, la secta de Aum Shinrikyo, nacionalismo hindú extremo (Hindutva), la cultura del bochinche en redes sociales y entretenimiento, David Koresh y los davidianos de la rama, Jim Jones y el Templo del Pueblo, Charles Manson y La Familia Manson, Nacionalismo Cristiano en EEUU, Army of God (Ejercito de Dios), Ku Klux Klan, talibanes en Afganistan, Hooligans, Barras Bravas, La Santa Inquisición, Las Cruzadas, “Rajado de Papeleta”, “Melonismo” y entre otras.

d) Pseudociencias: cuando el conocimiento riguroso y metodológico es disfrazado, lo que hay es supersticiones o intereses comerciales. Ejemplos: homeopatía, astrología, frenología, diseño inteligente o creacionismo científico, sanación cuántica, terapias energéticas, entre otras.

Hay que recordar que una buena intención no garantiza buenos resultados. En la historia se ha visto que cuando se quiere crear un programa de política pública, se crea con el corazón, pero no se toman en consideración desastres económicos o sociales por el mero hecho de negarse a ver los datos. Estar a favor de la causa es nuestro deber, pero también es nuestro deber medir el impacto real mediante el uso de datos. ¿De qué vale tener buenas intenciones si se echan los datos a la basura y entonces se comete el crimen de negligencia solo porque era bienintencionado?

En ambas están la fuerza y el antídoto

Para lograr un cambio verdadero, tenemos que usar los datos y la filosofía. Imagínate que estás caminando en un lugar desconocido y lleno de retos; lo que te protege es el mapa y la brújula. La filosofía es la brújula y los datos son el mapa. Si tienes una brújula, pero no tienes el mapa, tendrás grandes ideales, pero podrías perderte en el camino. Puedes saber lo que quieres y tener, como dicen, el “norte” o la “meta”, pero si ignoras la topografía del terreno, terminas tropezando.

Tener las buenas intenciones por sí solas no te va a ayudar a cruzar la montaña o el valle. Ahora bien, tener un mapa sin brújula es estar bombardeado de tanta información que terminas paralizado y caminando hacia el abismo. El mapa podrá ser perfecto y tener alta resolución, pero no se puede depender de eso solamente si no indica hacia dónde queremos o debemos ir. Los datos nos muestran las rutas posibles, pero no pueden decirte cuál de todas esas rutas es correcta, justa o que respeta la dignidad humana. Esto exige una combinación de precisión del mapa con la sabiduría de la brújula.

Si queremos un cambio en nuestra vida personal, política y social, tenemos que pensar críticamente, interpretar la evidencia y hacernos preguntas. Los datos nos enseñan cómo está el mundo actual y la filosofía nos ayuda a imaginar un mundo que podemos construir. Recuerden que si no hay filosofía a la hora de analizar los datos, estaríamos cayendo en la ceguera, y si no hay datos con filosofía, estaríamos cayendo en una percepción de la realidad alterada del mundo. Por más buenas intenciones que existan, no garantizan los buenos resultados. Recuerden también que sin datos y filosofía caeríamos en el “Pan y Circo” o “Baile, Botella y Baraja”.

Por Steven M. Castillo-León 

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